Alberto Muñoz: “Practico la dispersión como otros practican esgrima o buceo”

Obligado por un trámite aduanero a resumir sus múltiples facetas, Alberto Muñoz (Buenos Aires, 1951) bien podría sintetizarlas en el rubro "Hombre orquesta". Poeta, músico, actor, dramaturgo, docente, guionista de tevé y cine, y psicólogo, este talentoso polirrubro lleva décadas generando arte en sus distintos canales de expresión pero siempre encontrando la vuelta para mixturarlos y crear un producto único, ciento por ciento Muñoz.
Así ha sido desde que "Las flores del mal", del maldito Baudelaire, hundieran sus raíces en su ávida cabeza adolescente y como las arañas de Harry Potter se le multiplicaran en el corazón.
Y así parece que seguirá siendo aun después de sus discos solistas y con el recordado MIA, sus numerosas piezas de teatro musical, su veintena de libros, sus programas de radio, sus guiones para "Magazine For Fai" y "Okupas" y todo aquello que su talentosa usina creativa ose dictarle.
A la mala jugada que le deparó el destino negándole la ventura de haber nacido en la inspiradora Venecia, Muñoz supo neutralizarla anclando su pequeña osamenta en el Tigre, ese delta que hace las veces de paraíso personal a la hora de conciliar musas con lazos familiares y laborales.
En el ida y vuelta que Los Andes le propone al autor de "El levantador de pesas and other poems" la consigna es clara: por ser tan vasto su campo de acción artístico, sólo hablaremos de poesía. Inevitablemente, sus otros talentos confluirán con o sin invitación. Igual serán bienvenidos.
-En 2001 (año del "big bang" De la Rúa y el corralito) fundaste Ediciones en Danza junto a Eduardo Mileo y Javier Cófreces. ¿Qué creías que podían aportarle desde ese espacio al panorama de la poesía argentina?

-La cabeza de la fundación fue Javier. Siendo el mentor de la revista de poesía "La danza del ratón" tuvo siempre entre sus planes fundar una editorial de poesía. Mileo y yo siempre estuvimos cerca de aquella mítica revista y cuando aquel ciclo llegó a su fin, emprendimos juntos (la amistad de los tres lo hizo posible) una descarga sobre el infortunio de editar. Ediciones en Danza es nuestro pequeño paraíso artificial y el de tantos otros poetas argentinos. Sentimos la solidaridad de todos ante las adversidades. La última tormenta nos cayó con el cierre de puertas de "Yenny", una cadena que era nuestro acceso directo al interior del país. ¿Por qué cerro sus puertas a nuestra editorial? No sabe, no contesta. Advertimos que no se trata de una adversidad estética.
-Actualmente hay una producción impresionante de libros de poesía, en gran medida estimulado por los canales que facilita internet. Sin embargo, el único consumidor de este género parece ser el propio poeta.
-Así como la función de la mitología ha sido la de ocultar y preservar los misterios últimos dándonos las historias más bellas, la poesía está para no estar, para no ser enseñada, oculta detrás de cada manifestación luminosa. Internet es el último "carre navale", carnaval dionisíaco donde podés encontrar "la cantidad hechizada", al decir de Lezama. Si son sólo poetas o curiosos o lavanderas o mecánicos de diésel los que abren las páginas del nuevo "Lo sé todo", da lo mismo.
-La música y el teatro también son parte de tu cosmos poético. ¿Cómo se fueron integrando a tu búsqueda creativa?
-El primer contacto que recuerdo haber tenido con la poesía fue a los 14 años viendo "La vida es sueño" de Calderón. Digo "vi" porque se me planteó como materia resuelta, con trastos, telas, luces, palabras dichas por hombres poseídos. Eso que se manifestaba delante de mí no estaba en otro lado de la vida, al menos hasta ese momento. El asombro original que tuve fue en cierto sentido una iniciación. "¿Qué es eso que está ocurriendo?", me preguntaba; no lo sé, pero alguien lo escribió. Habíamos ido al teatro con un grupo del colegio. Salí aturdido, la profesora que nos había llevado explicaba la trama en el hall del teatro y yo quería llorar, y lloré, y me dio vergüenza e invente que me había golpeado, y en rigor estaba golpeado, demasiado golpeado.
La música estuvo presente en mi infancia, comencé a estudiar violín a los seis años por imposición materna. El violín me dio todas las melodías que hice a lo largo de mi vida; en ellas anida, para mi gusto, el universo más sutil e inefable que podamos conseguir (concebir). Soy un sujeto auditivo antes que visual en un mundo que ya se ha establecido como espectáculo. Vivir pareciera ser espectacular, yo prefiero oírme vivir.
-En cuanto a esa versatilidad que siempre ha sido tu marca de fábrica, ¿lo ves como un camino necesario para expandir tu arte o más bien como un sino inevitable?
-Hice de la dispersión una territorialidad. La sociedad castiga la dispersión, para mí ha sido una escolaridad tenue y bien llevada. Entiendo que todo aquello que genera un interés debe ser visitado; en esos laberintos se vislumbra la vocación. Practico la dispersión como otros practican esgrima o buceo. Me disperso dos o tres veces por semana con lo que me atrae: la botánica, la zoología, los trenes, los camiones, la vida de los santos, el catch; en fin, si una de esas maravillas prende, ¡ahí voy a tratarlas como si fuera mi única y más auténtica vocación! Para ello cuento con el teatro, la música o la poesía. Tardo bastante tiempo en investigar qué forma expresiva va a permitirme una "buena internación". Comienzo a trabajar una vez decidido el formato. "La marca de Caín", por ejemplo, me llevó más de quince años componerla. Hice una primera parte "Abel cazador de Caín", la probé en muchos escenarios y después compuse la segunda parte, más compleja, con música coral de Diego Vila. Felizmente está concluida y grabada en un CD doble.
-A esta altura de tu extensa trayectoria, cómo ves en retrospectiva tu propia obra poética. ¿Tenés en mente una antología que dé cuenta de esa amplia producción o lo ves más lejano, casi como el cierre de toda la obra?
-La obra poética tiene dos vías, una de poesía oral y otra para ser leída sobre papel. La primera es de corte más coloquial y emotiva; la otra, más profusa y oscura, es prácticamente temática. Teniendo en cuenta que no figuro prácticamente en ninguna antología de poesía argentina, me parece un poco obsceno intentar la propia.
-Sos un escritor y artista al que varias generaciones le profesan una indisimulada admiración, sin embargo quienes se arrogan definir el "canon poético" de este país no te suelen dar el lugar que merecés. ¿Lo ves así o la validación viene por otro lado?
-No sé qué alcance tiene lo que he escrito, tampoco resolvería nada saberlo. Escribo porque amo escribir y lo hago para el mundo todo, incluyendo los muertos y las divinidades. Ahora pretender que todo ello se incomode leyéndome es un tanto irreverente; me consta que tengo una docena de lectores.
-Al igual que en "Camiones", "Trenes", "Pianoforte" y ahora "El levantador de pesas…", trabajás tomando como eje un tema. ¿Buscás darle al libro claramente una unicidad o te cansaron los libros de poemas "sueltos"? ¿El próximo, también va en esa línea?
-Me gusta tomar un tema y dispersarme en él. Con respecto al "Levantador de pesas" sucedió algo curioso. Yo no tengo afinidad ninguna con los deportes, pero mi hijo mayor, Manuel, es fanático de San Lorenzo y yo quería componer una obra para él. Por eso la amplifiqué buscando, interrogando sobre aquello que busca resolver cada deporte. Mis amados poetas latinos me ayudaron. Cada poema es también una canción de amor, el vigoroso amor de la fuerza física. De todos mis libros éste fue el más silenciado, no entiendo por qué. De todos modos me gustó tanto hacerlo que probablemente insista con una segunda vuelta, la segunda oportunidad que tienen los luchadores…
-Como psicólogo que sos, aunque no ejerzas (al menos "profesionalmente"), ¿alguna vez analizaste por qué en vos ganó la pulseada el poeta?
-No hubo pulseada, son amores encontrados. Yo trabajo como maestro de poética, y ahí soy tanto uno como otro.

(Publicado en suplemento Cultura, Los Andes, 26 de setiembre de 2009)

Petete, el pingüino que vuelve de los '70

Lo breve posible. Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964) irrumpió como periodista de rock en los años 80 y en ese territorio fue uno de los mejores. Después de poner su firma a “Crónicas e iluminaciones”, un sobrio tête-à-tête con Luis Alberto Spinetta, en 1994 se lanzó de lleno -y sin retorno- a la literatura con el libro de cuentos “Los pájaros”. Luego llegó el turno de las novelas: “Agua”, “La mujer de Wakefield”, “Todos los Funes” y “La sombra del púgil”. Su crecimiento autoral le valió reconocimientos internacionales y la traducción de su obra al francés, inglés y japonés. “La vida imposible” (2002) es un libro que puede pasar por menor en su valiosa producción, tal vez porque lo muestra transitando otra cuerda, la de los cuentos breves y microcuentos, hoy tan en boga. Vale entrarles sin prejuicios para saber de qué va la cosa. Con indisimulados ecos de sus admirados Cortázar y Wilcock, su prosa brevísima (nos) devuelve el placer de la lectura por la lectura misma.
Pingüino pero no K. Nunca fue un misterio como la fórmula de la Coca Cola o el supuesto talento de Nicole Neuman. Siempre supimos que “El libro gordo de Petete” no existía como tal y que sólo eran atractivos e instructivos fascículos en los que allá por los '70 aprendíamos desde quién fue Sarmiento hasta las bondades de la fotosíntesis. Ante todo, el pingüino bonachón creado por García Ferré (alma pater de Hijitus) era un microprograma que se emitía por Canal 13 y al cual se seguía con cierto interés. Pues bien, el 3 de noviembre el mentado Petete revivió gráficamente y esta vez como un libro de verdad, editado por V&R. No es un libro más: las letras y el dibujo de tapa impresos en stamping oro, textura símil cuero, papel ilustración y un precio acorde a tal despliegue estético: 129 pesos. Un auténtico libro-objeto como para atrapar a las nuevas generaciones con ingredientes “de antes”.
¡Tiemble Simenon! Por estas cosas de la tecnología, a través de ella encontré el dato y él las posibilidades para ser todo un Guinness y un verdadero winner. Philip M. Parker es un estadounidense, doctor en Matemáticas, que se convirtió, gracias a su habilidad informática, en el autor más prolífico del mundo por sus ¡85.891 libros! A no desesperar estimado autor que aún acopias inéditos cual boletas sin pagar. En realidad míster Parker craneó unos programas que funcionan en red a partir de un puñado de datos. Estos, por medio de un software, rastrean información en Internet y con el resultado de esa búsqueda se “crea” un libro de 300 páginas. ¡Y encima lo vende! Un capo. El tal Felipe cuenta que le lleva de 20 minutos a 2 horas, y que los imprime a pedido. Para no quedar como un chanta (faltaba más), aclara que tiene publicados seis libros “de verdad”, donde abunda en la relación entre las leyes físicas y los comportamientos económicos.
Para no verla cuadrada. Y sí, como país futbolero que somos, todos creemos que podríamos dirigir Boca mejor que el Coco o hacer sonar cual violín a la sufrida Selección. Pero en lo fáctico, si paramos la pelota, más de uno -y no sólo Sebrelli- quedará en evidencia de que no la tiene tan clara. Pensando en esos especímenes, en los más pequeños y hasta en la patrona que pregunta a cada rato que es el offside, Daniel Talio y Guillermo de Lucca se tomaron el trabajito de recopilar en “Diccionario del fútbol” (Ed. Claridad) todos aquellos términos que describen y expresan la realidad futbolística. “Es un vocabulario altamente variable en el tiempo y en la geografía, que no intentamos fijar ni reglar, sino tan sólo describir. Esperamos que sea un instrumento para el mayor disfrute de esa absurda forma de la felicidad, el fútbol”, explican sobre esta pasión inexplicable los autores.

(Publicado en Diario Los Andes, 8 de noviembre de 2009)

El peor espejo

Así como se suele decir que los políticos no salen de un repollo sino que provienen de vientres similares al de nuestras madres, también podemos otorgarles igual rango de humanidad a todos esos pibes que últimamente ganan espacio en los medios por protagonizar hechos de violencia o morir a una edad en que todo se espera de ellos. Nos guste o no, algo de responsabilidad tenemos los que ya peinamos una que otra cana.
¿Tendría que sorprendernos este estado de las cosas a quienes deberíamos ser -aunque suene demasiado pretencioso- una suerte de espejo de vida, una guía elemental para que después recorran solos un camino con más oportunidades que piedras?
Ver el grado de violencia que destila la pelea política -se llame ésta Ley de Medios, Promoción Industrial o Impuestazo tecnológico- no es lo que se dice una señal de convivencia ni de sano debate democrático como para convencer a los más chicos de que el intercambio de ideas es la base del crecimiento de un país.
Este crispado modelo de discusión presenta claros ejemplos en la calle, donde una simple frenada a destiempo desata los demonios de algún conductor o donde si no me dan respuesta a mi reclamo (sea válido o no) corto la vía pública sin importar a quién afecto.
Donde a cualquiera -desde un gobernador hasta un actor famoso- le basta con lanzar ideas alocadas para ganar su porción mediática. O, por qué no, en los medios mismos, donde cualquier argucia es válida para posicionarse sea cual fuere el podio que se ambicione.
En este desquiciado panorama no quedan fuera las batallas entre las distintas hinchadas del fútbol argentino, los cánticos xenófobos, el creciente negocio de la droga, el "peaje" en zonas aledañas a los estadios, el apoyo tarifado a ciertos jugadores. Salvo el esclarecido Maradona, difícilmente alguien coincida en que la pelota no se manchó.
Con este sucinto racconto del inefable "ser argentino", no es extraño que los chicos sean tristemente los que nos den a diario algunos de los títulos más resonantes: "Acuchillan a dos alumnos en una pelea cerca de un colegio"; "Detienen a un adolescente por abusar de una prima"; "Cuatro jóvenes muertos al caer en un lago de un country"; "Cada vez detienen a más jóvenes con marihuana"?
En mucho estamos fallando feo como sociedad para que no seamos los más grandes quienes evitemos ese vergonzante protagonismo. Y más preocupante aún es que no parece haber demasiada inquietud en quienes funcionalmente -la familia y las escuelas, sobre todo- tendrían que hacerse eco y actuar en consecuencia.
La necesaria cuota de esperanza la ofrecen, claro, aquellos pibes que no suelen ser noticia pero que desde su humilde y silencioso espacio de transformación llenan la otra mitad del vaso. Por ellos también estamos obligados a ser un mejor espejo.

(Publicado en Diario Los Andes, 23 de octubre de 2009)

Un saco repleto de palabras

Esperando a Herta. Mientras quedamos a la espera de que la maquinaria editorial que dispara cada año la entrega del Nobel de Literatura nos acerque buena parte de la obra de la última galardonada, la rumano-alemana Herta Müller, aquí va un fragmento de su novela “La bestia del corazón” como para degustarla lentamente: “Con las palabras en la boca aplastamos tantas cosas como con los pies sobre la hierba. Pero también con el silencio. Edgar guardó silencio. Aún no puedo imaginarme una tumba. Sólo un cinturón, una ventana, una nuez y una soga. Cada muerte es para mí como un saco. Si te oyen decir eso, dijo Edgar, te tomarían por loca. Y cuando pienso en ello, tengo la sensación de que cada muerto deja tras de sí un saco repleto de palabras. Siempre me acuden a la mente el peluquero y la tijera de manicura, porque los muertos ya no los necesitan. Y también se me ocurre que los muertos ya nunca más perderán un botón”.
Para inclinar el suelo
. En buena hora, la faena artesanal e independiente no se detiene en esta Mendoza tan poco lectora. Contra-Edición sigue dando zarpazos gráficos para despabilar a quien se le cruce. Esta vez Marcela Toré es quien sale a la palestra con su poemario “Otra vez mueren mis manos… ”. Sus versos sin título se van acopiando página tras página en una rara combinación de imágenes herméticas y las más sencillas expresiones de su sensibilidad femenina. La sensación de pérdida y desasosiego atraviesa buena parte de los poemas: “No hay cofres con tesoros perdidos/ Sólo perdidos tesoros”; “Otra vez mueren mis manos/ en el peligroso tránsito de las caricias”; “No alcanzaré paraísos”; “Atraso dos latidos cada día/ para llegar al olvido”; “Los pasos suenan quietos./ Los abrazos pertenecen a otros”. Sin embargo, ese fluir más bien desencantado que melanco-tanguero tal vez esté preanunciando una voz, una ronca voz, a la que habrá que escuchar/leer con atención en su próximo opus.
Las voces, todas
. No será la de Buenos Aires, la de Santiago, mucho menos la de Frankfurt, pero Mendoza sigue manteniendo -más por inercia que por convicción- su Feria del Libro. Desde el 30 de octubre hasta el 10 de noviembre en la Plaza San Martín, la Secretaría de Cultura y el ECA prometen multiplicar las presentaciones de libros, actos, lecturas y puestos de las librerías, ésas cuyas ofertas suelen ser las mismas que vemos a diario en sus locales. Este año el homenaje de rigor recaerá merecidamente en la figura del poeta Armando Tejada Gómez y entre las visitas confirmadas se cuentan Ana María Shúa, Washington Cucurto, Eduardo Sacheri, Eduardo Belgrano Rawson, Jorge Paolantonio y Vicente Battista. La extensa grilla de actividades incluye un generoso menú de música, teatro, documentales y performances.
Fans de película
. El rey Midas en versión brasileña, léase el popularísmo Paulo Coelho, sigue dándose gustos con esos mismos libros que a otros causan disgusto. Con la nada original idea de que cada uno de sus lectores hace su propia película con las historias que este ex saltimbanqui vende por millones, propuso a sus fans que enviaran -vía Internet- cortos basados en “La bruja de Portobello” para que, luego de pasar por el cedazo técnico y artístico, quedara el film recientemente estrenado en Roma bajo el título “The Experimental Witch”. Fueron 6.000 lectores los que aceptaron el convite del singular concurso on line y apenas 14 los que se ganaron su lugar en el podio visual. Con su éxito, Coelho confirma que las hay, las hay.

(Publicado en Diario Los Andes, 25 de octubre de 2009)

Inspiración que nace desde la nariz

El gran impostor. Mario Bellatin, rara avis con carnet, ha hecho de sí mismo una marca registrada. Nacido en México en 1960, creó la Escuela Dinámica de Escritores, ámbito de estimulación donde lo único que está prohibido es escribir. Por su generosa imaginación y una prolífica producción (“Salón de belleza”, “Canon perpetuo”, “Lecciones para una liebre muerta”, “Jacobo el mutante”, “El gran vidrio”, entre otros títulos) es muy común que lo parangonen con la caudalosa verba del argentino César Aira. “Shiki Nagaoka: una nariz de ficción” es uno de los libros donde mejor están sintetizados algunos de los artificios de los que suele valerse Bellatin: la verosimilitud (falsa biografía de un falso escritor), el uso de otras artes (fotos, dibujos, mapas), la fragmentación (citas y autocitas), la apelación a la iconografía oriental y la investigación de aspectos nimios que en un nuevo contexto “lucen” claves. Narrar la vida de un personaje a partir de su exuberante nariz es, apenas, una muestra de la desbordante poética del absurdo que cultiva este hombre que perdió un brazo y a su vez ganó un fantasma presente en toda su obra.
Los mejores amigos. Alejandro Magno, Freud, Perón, Picasso, Hitler, Neruda, Trotsky, Virginia Woolf, Rodolfo Valentino, Simón Bolívar y Frida Kahlo tenían en común algo más que su talla de personajes históricos: todos poseían mascotas y en muchos casos cultivaron con ellas una relación tanto o más profunda que con algunos humanos. María Rita Figueira se dedicó a investigar y profundizar ese particular lazo para dar forma a un libro insólito: “Los ladridos de la historia. Retratos de personajes célebres a través de sus perros” (Sudamericana). Anécdotas, realidad y ficción, se combinan cálidamente para revelar el aspecto más doméstico de la biografía de estas figuras públicas.
Poeta en Nueva York. Desde aquellos lejanísimos y agitados comienzos en The Velvet Underground hasta este calmo y reflexivo presente como solista cuasi shakespearano, Lou Reed no ha hecho más que consolidar su perfil de poeta del rock; el mismo que caminó por el lado salvaje y vivió para contarlo. “Atraviesa el fuego/Todas las canciones” reúne una sustanciosa cantidad de letras en inglés y castellano con su correspondiente álbum, desde aquel seminal “The Velvet Underground & Nico” de 1967 hasta el aggiornado “Ecstasy” del 2000. Un diseño sobrio pero jugado hace aún más tentador sumergirse en la (re)lectura de clásicos como “Perfect day”, “Satellite of love”, “Venus in furs”, “Sad song”, “Rock and roll Heart”, “Ladies pay”, “City lights”, “Faces and names”, “Romeo had Juliette”, “Power and glory” y una lista más larga que la Quinta Avenida. Considerado el juglar de Nueva York, el también dramaturgo y fotógrafo prefiere escaparle a toda etiqueta: “No soy nada. No me gusta clasificarme, encasillarme. Tengo suficiente con levantarme cada mañana y caminar”.
Ese cross. Franz Kafka a su compañero de estudios, Oskar Pollak: “Sólo deberíamos leer aquellos libros que corroen y hieren en lo vivo. Si el libro que estamos leyendo no nos despierta de un puñetazo en la cabeza, ¿para qué lo leemos? Necesitamos los libros que nos afectan como un desastre, que nos duelan profundamente”.

(Publicado en Diario Los Andes, 18 de octubre de 2009)

Entender la humanidad

Elizabeth Costello (J. M. Coetzee. Mondadori. 2004. 238 páginas)

Elizabeth Costello es una novelista australiana reconocida especialmente por uno de sus libros. Esa módica fama es la que le abre la puerta para que, en su madurez, sea convocada para dar conferencias de los temas más variados.
Con este simple esquema, el premio Nobel 2003, J. M. Coetzee divide su novela en ocho partes, donde en boca de la desbocada Elizabeth puede abordar sus obsesiones de siempre: el (mal) trato a los animales, el mal y sus alcances,el sexo (o mejor dicho, lo divino en relación al sexo), la reflexión sobre las creencias más allá del corset de las religiones y como una especie de hilo conductor de estos capítulos aparentemente independientes, la continua meditación del rol del escritor.
Al igual que en el resto de sus obras, el autor de Desgracia parte de una premisa insobornable: entender las claves de una humanidad permanentemente saboteada por los propios humanos. Cualquier historia, por simple que resulte, en su pulida y certera prosa alcanza alturas únicas. Para comprobarlo basta bucear en cualquiera de sus libros.

(Publicado en suplemento Escenario, Diario UNO, 21 de agosto de 2005)

Las enseñanzas del maestro oculto

Un fantasma imprescindible. En el supuesto caso de creer en los talleres literarios, un libro que no debería faltar a la hora de ejemplificar lo que es un buen cuento es, precisamente, “Nueve cuentos”, del siempre misterioso J.D. Salinger (Nueva York, 1919). Joyas como “Un día perfecto para el pez banana”, “Para Esmé, con amor y sordidez”, “El hombre que ríe” y “El período azul de Daumier-Smith” (donde escribe: “Siempre nos damos cuenta demasiado tarde, pero la mayor diferencia entre la felicidad y la alegría es que la felicidad es un sólido y la alegría un líquido”), son contundentes muestras de que al autor de “El guardián en el centeno” (o su traducción más conocida, “El cazador oculto”) le bastaron un puñado de libros para convertirse en un escritor imprescindible, de esos que no importa en lo más mínimo si aún vive o si ya desembarcó en alguno de los temidos infiernos del Dante.
La voz multiplicada. Con “Denuncia”, obra escrita a cuatro manos por Juan de la Maza y Rubén Vigo, la editorial Tortitas Caseras pone un pie en el inexistente mercado mendocino con la firme convicción de que cuando hay algo para decir se justifica la apuesta de editar un libro a pulmón. El concepto de “Denuncia” es tan claro como directo: “traducir” la América de la maldecida conquista para releerla desde un presente no menos condicionado. Los autores han licuado sus personalidades en pos de un discurso único que, a su vez, pretende ser “todas las voces, todas” a las que arengaba Tejada Gómez. En este trayecto, el dúo autoral es acompañado visualmente por las pinturas de Damián Vigo, también responsable del arte de tapa.
Va de nuevo
. “Lo que quedó es lo más lindo que escribí en la vida y fue sin querer”. Así de orgulloso está Hernán Casciari al referirse a su flamante hijo literario, la novela autobiográfica “El pibe que arruinaba las fotos”. Argentino radicado en España, este autor se hizo conocido en nuestro país por “Más respeto que soy tu madre”, libro que Antonio Gasalla adaptó al teatro con notable éxito de taquilla. Casciari, quien ya cargaba con el sayo de ser el blogger más popular de la madre patria, también destila una fina mirada de la realidad en sus columnas domingueras en Los Andes y La Nación. A su manera, la comedia y el drama son el pasto del que rumia su estilo costumbrista; ese que tanto le debe a la instantaneidad de la web.
Leer para que se abra el mundo.
Y un día volvió. Y quienes lo extrañamos, ahora celebramos su retorno casi tanto como la vuelta de Palermo tras una larga lesión o el astronauta que subió a hacer lo suyo. Volvió “Ver para leer”, la propuesta televisiva del escritor, periodista y director de la revista Fierro, Juan Sasturain. La mala noticia es que este ciclo será más corto que el anterior: apenas seis capítulos, grabados en distintos puntos del interior del país. Acerca del placer de leer, el histriónico conductor le dijo a La Nación: “Uno lee o empezó a leer porque descubrió algo placentero al hacerlo. Y esa es la única razón valedera. Ni obligación ni necesidad de instruirse ni ninguna otra cosa. Leyendo buena literatura se abre el mundo, se enriquece la experiencia”. Leer para ver.

(Publicado en Diario Los Andes, 11 de octubre de 2009)