La fama y los otros

28 de junio de 2009

No les importa si nieva, llueve o hay un sol que parte la tierra. Son capaces de estar una noche entera a la intemperie para poder mostrarse. La excusa suele ser exhibir alguna habilidad artística, cierto talento para tocar un instrumento, bailar, hacer humor o sorprender con trucos de magia que les garantice un paso a lo más preciado: el éxito.
No falta, claro, quien va con la sincera inquietud de trascender a un público masivo para hacer conocer su arte y poder vivir de él. La gran mayoría, en cambio, ansía acceder a sus 30 segundos de fama (inevitable la referencia al mesías de los aspirantes a estrellas, Marcelo Tinelli). Pugnan por una modesta cuota de impacto popular que les haga sentir que no son un mero número en la fila, un patético fantasma que pasa por esta vida sin dejar huella.
La mediatización de la vida cotidiana no perdona a los indiferentes ni a los cultores del bajo perfil. Tergiversando al Che, sería algo así como "Hasta el éxito, siempre".
En la otra vereda, como contracara de los que llenan horas y horas con programas de rápida digestión, ganan un lugar -y no a los codazos- los subestimados hombres comunes. Seres anónimos que no alimentan rating alguno pero cuyas vidas tienen sustancia suficiente para activar más emociones que los raperos que no saben rimar o los humoristas que son una lágrima.
Fiel referente de estos antimediáticos es el proyecto del fotógrafo francés Yann Arthus -Bertrand, titulado Seis mil millones de otros. La idea, como no podía ser de otra manera, es muy simple: durante cuatro años un equipo comandado por el autor de La tierra vista desde arriba registró 6.000 entrevistas en 65 países respondiendo las mismas preguntas. Los tópicos fueron la familia, el país, el exilio, el amor, lo que los hace reír o llorar, los miedos, la vida, la muerte. Captadas en el lugar donde viven, personas comunes, rostros sin photoshop, confiesan su particular visión del mundo de una manera tan normal que evocan al abuelo contando un cuento alrededor del fuego. Así se los puede ver y oír en emisiones de media hora o microprogramas en el Canal Encuentro (viernes, a las 23.30), aunque también en fragmentos temáticos ubicables en YouTube.
Si todo es tan prosaico, no faltará quien se pregunte dónde está lo interesante; ese necesario anzuelo para evitar caer en la tentación del zapping. Muy fácil: ante tanta vida enlatada y tanto personaje prefabricado, que uno o una de esos millones de otros diga lo que podríamos decir cualquiera de nosotros, es algo que seguramente moviliza más que la millonésima versión del hit de Montaner cantado por el aspirante a estrellita pop del momento.

Esa pesada mochila

13 de junio de 2009

En una escena del unitario Tratame bien, un padre (interpretado por el notable Julio Chávez) le dice a su hijo adolescente, incómodo por no poder evadir el diálogo: "¿Me podés decir en qué momento dejé de ser tu ídolo para convertirme en un pelotudo?".
Una situación similar parece estar dándose entre nosotros, electores a los que nos tienen de hijos, y una democracia que ya dejó de ser adolescente pero que aún conserva caprichos e inseguridades propias de esa edad tan traumática como maravillosa.
¿En qué momento dejamos de ir a votar con ilusión, convencidos de que estábamos contribuyendo a consolidar un espacio de libertad, a abrir un camino con menos piedras para las futuras generaciones? ¿Cuándo fue que olvidamos todos esos años de silencio forzado, con las urnas juntando telarañas? ¿Qué pasó para que con sólo escuchar la palabra elecciones se nos escape un suspiro de molestia y nos sobrevenga una sensación de obligación equiparable a trabajar un feriado o hacer cola para sacar el carnet?
Autoridades de mesa que inventan cualquier tipo de excusa para zafar del convite electoral, votantes que "justo" ese día tienen que estar en otra provincia visitando un pariente enfermo o haciendo un trámite; ancianos que agradecen haber superado la edad "obligatoria"; trabajos que -supuestamente- impiden trasladarse para sufragar, son claras muestras, excusas variopintas, de que votar se ha transformado en una carga que pesa casi tanto como intentar comunicarse con un vástago adolescente.
Claro, no muchos reconocerían esto públicamente. No se permitirían ser tachados de antidemocráticos o al menos de poco comprometidos, cuando en realidad son la patente expresión de una desidia ciudadana que campea en el mundo entero. Precisamente ésta fue la característica que más sobresalió en las recientes elecciones europeas.
Ahora bien, no llegamos de casualidad a este páramo de expectativas. Aquí el "cosecharás tu siembra" nos cabe a todos. No sólo a los políticos que, con su sistemático modus operandi de mostrarse incapaces para mejorar el país y la vida de sus habitantes, lograron que ya no les creamos que afuera llueve, sino también a quienes invariablemente metimos la pata dándoles el voto sin exigirles rendición de cuentas antes y después de ocupar un cargo.
Nos limitamos a ir a la escuela del barrio, esperar poco o mucho, entregar el DNI, poner completa la lista sábana con su caterva de desconocidos y volver rápido para hacer el asado (el premio para tamaño esfuerzo cívico). Y después, vuelta a esperar que regresen a colmar calles, postes, paredes, canales, diarios, radios, con renovadas frases hechas que lo único que dicen/piden es nuestro modesto voto.
Cascoteados como chocos cimarrones, sabemos que ya no podemos esperar milagros; sólo pedimos a cambio que nos traten bien. ¿Será mucho por ese pequeño acto de fe que renovamos a desgano cada dos años?

La Constitución poética no es verso

12 de mayo de 2009

Mientras acá a la vuelta -Mendoza, Argentina- el gobierno de Celso Jaque apunta a modificar un artículo de la Constitución provincial que abra la puerta a una reforma integral, en Europa ya existe una Carta Magna íntegramente escrita por poetas.
En este caso, no es chiste fácil decir que si bien su texto es versificado, su objetivo no es ningún verso. El valor simbólico que tiene esta singular iniciativa es "llamar la atención" (sic) sobre lo poco claro del lenguaje jurídico, especialmente el de los documentos públicos.
La idea madre de este proyecto surgió el año pasado en Bruselas, tras el fracaso de la ratificación de la Constitución Europea en Holanda y en Irlanda, pero se extendió al resto del continente casi tan rápido como la temible influenza porcina.
Acerca del reclamo de mayor legibilidad, el español Xavier Queipo es quien la tiene más clara y dice: "Pensamos que un texto que define nuestros derechos, deberes e identidad debe ser fácil de entender porque incluso en verso se comprendería mejor que tal y como lo redactan los especialistas".
Tampoco, como se podría especular tratándose de reputados vates, fue cuestión de echar a volar las musas y llenar de metáforas el texto. Éste recién tomó forma tras alimentar su "inspiración" con la Constitución europea y la africana de Nelson Mandela y consultar a numerosos expertos en la materia.
Por si quedaran dudas, los poetas advirtieron que con este "experimento creativo" de cerca de 80 artículos no buscaron remplazar documentos legales sino contribuir a impulsar la unidad de los pueblos.
Los cuarenta escribas convocados representaron a los Estados miembro más importantes de la comunidad europea. Cada uno escribió su colaboración en su idioma natal. A manera de firma, en lugar de su nombre estamparon uno de sus versos más representativos.
Hasta el momento, este documento ético-estético sólo se publicó en francés, flamenco e inglés, pero se apunta a reproducirlo en la mayor cantidad de idiomas posible.
Más allá de cualquier especulación electoral, en Mendoza la necesidad de una reforma constitucional es imprescindible: la Carta Magna data de 1916 y es prácticamente la única en el país que casi no ha sufrido modificaciones desde entonces.
No es de esperar que convoquen a los poetas para adaptarla a estos tiempos pero sí que no caigan en la tentación de hacer ficción con algo tan sensible. Para eso, ya tenemos demasiado con los índices del Indec, las amenazas de Néstor y las propinas de Cristina en el exterior.

El culebrón y mi madre están de duelo

20 de abril de 2009

Cuando recién me sumergía en los primeros libros que la escuela ponía en mis manos y leer era un desafío más grande que ganar al fútbol a los de séptimo, me preguntaba qué encontraba mi madre en esos libros tan pequeños. Qué magia escondían esas tapas dibujadas que, por lo general, reproducían a un hombre y a una mujer en una situación pretendidamente romántica y que llevaban la firma de una tal Corín Tellado.
Ella, o sea mi madre, no había tenido una infancia ni una adolescencia de libros, tampoco una estimulante biblioteca familiar; así y todo, ahora la veía leer con placer. Puede que hasta volara muy lejos de su rutinaria vida de ama de casa. Eran tiempos en que la tevé no era un meloso reservorio de galanes y heroínas de telenovelas. Todavía no cundían los Arnaldos André ni las Luisas Kuliok excitando la pantalla con sufridas historias de amor. El cine sí era una opción para proyectarse en otras vidas, pero no para mi madre.
Tan criticada por los intelectuales como envidiada en secreto por escritores "serios", María del Socorro Tellado, la inocente pornógrafa -como la definió con gracia única el cubano Guillermo Cabrera Infante-, escribió la friolera de 4.000 libros y vendió la no menos espectacular cifra de 400 millones de ejemplares. Por esto no debe extrañar que sea considerada la más leída en castellano, nada menos que detrás del inoxidable Cervantes, y que figure en el libro Guinness de los récords.
Sin dudas, ninguna de sus obras -y he aquí la paradoja- ha quedado entre los clásicos de la literatura mundial. Pero ¿quién quita a esta asturiana pícara el placer de haber agitado la sangre a tantas mujeres que, por un rato o unas cuantas páginas, soltaron el ancla de su monótona vida doméstica para cumplir el sueño de ser una rompecorazones, esa comehombres que podía ratonearse impunemente con el sodero o el cartero?
Corín, quien murió el 11 de abril a los 81 años, fue ni más ni menos que una ventana abierta para la fantasía de millones de mujeres. Un soplo de aire puro para unas cuantas generaciones de féminas soñadoras. Su estrella no pudo ser eclipsada por el vendaval de best sellers, culebrones televisivos y otras opciones mediáticas que se fueron sumando con el paso de los años. Incluso su influjo alcanzó a muchos hombres que difícilmente reconozcan en público que también leían a esta mujer que empezó a escribir para colaborar con la economía familiar.
Seguramente mi madre no lloró con estilo teatral su muerte pero, por un instante, debe haber recordado con una sonrisa cómplice las horas de placer que le prodigó esta española que, según Mario Vargas Llosa, transformó a la novela rosa en "un auténtico fenómeno sociológico y cultural".

Los que resisten un archivo

7 de abril de 2009

Hace muchos años, uno de los primeros profesores que tuve en la carrera de Comunicación Social nos recomendó -casi con carácter de obligatorio- llevar un archivo lo más amplio posible.
Decía que un buen periodista no podía prescindir de esa "herramienta". El oficio le había enseñado el valor de revisitar la historia y no confiar ciegamente en la memoria selectiva.
Apasionados como éramos en aquella estimulante primavera alfonsinista, mis compañeros y yo nos tomamos muy en serio esa tarea de documentarnos para ganar en precisión cuando llegara el momento de informar u opinar.
Con el tiempo, fueron cajas y cajas las acumuladas con recortes, diarios, revistas, folletos, libros; al punto tal de colapsar bibliotecas y placares familiares. La sensación era (sigue siendo) que para ser lo más fieles posible a la verdad nunca hay que improvisar.
Por eso, cuando se habla de que "nadie resiste a un archivo" en realidad lo que se está diciendo es que hay que hacerse cargo de lo que uno dijo allá lejos y hace tiempo.
Si de algo pecamos los argentinos es de tener una memoria de muy corto tranco, lo que claramente termina favoreciendo a los que protagonizaron los más oscuros capítulos de la vida nacional.
Gracias a que nadie anda con un archivo a mano, ellos resurgen de tanto en tanto para mostrarse otra vez en la vida pública, casi impolutos.
Con el avance imparable de la informática, ya no hay excusas para ese olvido. Hoy el famosísimo buscador google permite sondear hasta límites insospechados actos fallidos, traiciones varias y acciones encomiables. Un recurso que en los agitados años 80 nos hubiera aliviado la artesanal tarea del recorte y que hoy nos permite chequear al instante ese dato clave para una nota o bien atar cabos entre el pasado y el presente.
La aún cercana muerte del ex presidente Raúl Alfonsín logró, entre otras tantas cosas, volver a poner en valor la importancia del archivo en este país.
Tanto para aquellos que recordaron al viejo líder radical como un héroe sin mácula como para quienes sólo se concentraron en destacar los aspectos más negativos de su gestión.
Con sus altas y bajas, sus aciertos y sus errores, se podría decir que Alfonsín es de aquellos pocos que incluso en vida resistían la implacable verdad de los archivos.

Prohibido distraerse

24 de marzo de 2009

No se puede. Vivir así no se puede. Digo, midiendo con precisión de ajedrecista cada paso que damos. Todo indica -la página de Policiales, especialmente- que no nos podemos equivocar. En esta guerra diaria contra la inseguridad, un error de cálculo puede costarnos demasiado caro; la vida misma, por ejemplo. Hoy por hoy un error o un descuido se traduce, mínimo, en un robo, un hurto, o un susto mayúsculo.
Si el diccionario no nos falla, esto se parece bastante a la paranoia, a esas "ideas o ilusiones fijas" alimentadas generosamente por el delito nuestro de cada día.
A este estado de indefensión nos han llevado tanto los delincuentes como la ineptitud del Estado para hacerle frente al flagelo con algo más que patrulleros en las calles (la inclusión social es una promesa que no pasa del terreno declamativo).
El miedo, vaya paradoja, se nos ha transformado en la mayor fuente de energía para enfrentar al gremio de los chorros. El miedo a algo más profundo que perder unos cuantos pesos o ese plasma que nos costó un año de cuotas con tarjeta. El indescriptible miedo a que uno de los nuestros sea víctima de esa violencia irreal, la misma que les hace reconocer a los ladrones "de antes" que se han roto todos los códigos. Es decir, hace unos años robar no significaba matar por matar. Hoy sí. Entregar el pequeño o abundante botín ya no garantiza salvar la vida. De ahí ese virus (el miedo) corroyéndonos con avidez las ganas, las esperanzas de creer que este país algún día podrá ser un poco mejor.
Mientras tanto, la clase dirigente que supimos conseguir -esa misma a la que aportamos nosotros, no Saturno, no los cuentos de Bradbury- está empeñada en seguir mirando para otro lado, gastando energía y dinero público en rosquear cargos, sacándose chispas para lograr más bancas, haciendo números para no quedarse fuera del reparto. Dividiendo para reinar, como indican los manuales del poder.
Ningún partido ha demostrado estar a la altura de la demanda social, esto es, mayor esfuerzo y creatividad para enfrentar la delincuencia, mejor distribución de la riqueza y compromiso para diseñar un modelo de país que supere el horizonte de la próxima elección. Para colmo, siempre tenemos que resignarnos porque fuimos nosotros quienes los pusimos allí, confiando una vez más que nada podía ser peor que lo anterior.
Entonces, dado que nadie lo hace por nosotros, hemos llegado al punto de convertirnos en estrategas de nuestra propia seguridad. Modestos Messi de la subsistencia, intentando idear tácticas para zafar de esa plaga insaciable que viene por más.
Así todo, ni rejas, ni alarmas, ni vigilancia privada, nos garantizan vivir tranquilos. O vivir simplemente. Ellos, nuestros representantes, mucho menos.

Vendimia, más allá del amor y el odio

10 de marzo de 2009

"Lo mismo de todos los años". Eso fue la Vendimia que pasó. Sin embargo, quienes solemos remarcar esa especie de déjà vu popular como un demérito, en realidad somos los propios periodistas. Y claro, también aquellos que con sólo escuchar el inconfundible "Canto a Mendoza" se deprimen y pagarían lo que fuera por estar a mil kilómetros y no escuchar el penetrante hit telúrico.
Los miles de mendocinos y turistas que cada año abarrotan las calles del microcentro, como no ocurre en igual medida para festejar el resultado de una elección o un campeonato de fútbol, no se detienen en esa valoración casi peyorativa. Es más, como los asesinos o los amantes, ellos vuelven una y otra vez al lugar de los hechos. Con su mejor ánimo, cada marzo regresan para sumarse a ese ritual al que sienten propio, a vivir una ceremonia que los incluye más allá de quien esté sentado en el sillón de San Martín.
Ya sé, me dirán que cosas nuevas hubo, que la diferencia había que buscarla en los detalles. Variaciones que llevan la moderación provinciana en el orillo: bailes aéreos, carros con diseños levemente mejores a otras épocas, reinas con speech propio, más publicidad aquí o allá, un Santo de la Espada (Tino Neglia en su mejor papel) que se corporiza para hacernos pensar en pleno carrusel... y no mucho más.
Párrafo aparte para el Acto Central, que amerita un análisis diferenciado. Aunque también se lo suele calificar de "siempre lo mismo", en esta edición tuvo grandes aciertos; desde un guión sólido que se animó a prescindir de las trilladas metáforas vendimiales hasta una puesta que mixturó con buen pulso lo clásico y lo moderno para contar el drama de Ángel, el viñatero que aún vapuleado por la piedra no perdió la esperanza. Quienes hayan estado alguna vez en el mítico Frank Romero Day saben bien que allí la fiesta se vive muy diferente a la que podemos ver en las 21 pulgadas de la tele hogareña. Por lo tanto la opinión sobre lo que pasa en el escenario y las gradas del teatro griego puede variar sustancialmente. Entre esas "dos" fiestas hay un espacio tan grande como el cerro que hace las veces de tribuna para el público gasolero.
Cambiar para que nada cambie, como planteaba la paradoja de Giussepe Lampedusa, sigue siendo el eje rector de una fiesta que, por suerte, está más allá de toda especulación de café. En menos de un año, la madre de las fiestas cuyanas se pondrá nuevamente en marcha y con el mismo ímpetu los dos bandos -los antiVendimia y los proVendimia- volverán a cruzar espadas. A esta altura, un capítulo tan tradicional como la Vía Blanca o el Carrusel.